La improvisación libre nace a medidos de los años 60 canalizando actitudes estéticas que aunque tenían sus cimientos en las expresiones más avanzadas del free jazz y la música contemporánea (del serialismo a la electrónica) también se nutría de otras disciplinas plásticas (Fluxus/Cage) como la danza, el arte de acción y estilos musicales como el rock y las músicas no occidentales que se sumaron expandiendo su influencia en los 70. Aunque en buena medida la punta de lanza estaba situada en Holanda (ICP), no resulta nada inapropiado situar en Gran Bretaña los pilares y su posterior desarrollo electroacústico de una música libre de ataduras a modas, corrientes académicas e intereses económicos. La base de todo es el compromiso, una misma actitud colectiva que tanto organización como músicos y público hicieron posible día tras día en unas jornadas que se iniciaban por la mañana con los talleres y llegaban, concienciados del respeto al vecindario que pedía un patio abierto, hasta bien entrada la noche en una sala cerrada. La extensión en paralelo de las actuaciones al Centro Cultural de Nerja ha permitido disfrutar en días consecutivos de unos espectáculos que, respondiendo a su imperativo estético, siempre son una experiencia renovada.

Si el fluir de la creación, el movimiento continuo convenientemente canalizado al modo de las conductions de Lawrence ‘Butch’ Morris, es uno de los principios de la libre improvisación no lo es menos el motor colectivo con el que se realiza el discurso. Pero no se puede por menos que destacar la figura histórica que representa ese músico jovial, sereno y afable que es Terry Day, de quien dice Derek Bailey en su libro La Improvisación (Trea) que cambió el curso estético de una plataforma tan señalada como Alterations, segunda generación de músicos británicos que se abría paso a “las músicas populares” desde los planteamientos definidos filosófica y educativamente hablando por la AMM de Eddie Prevost, Keith Rowe, Lou Gare y Cornelius Cardew, acrónimo que marcaría la nomenclatura adoptada por otras formaciones históricas (*).

Chefa Alonso, también citada por Agustí Fernández en el prólogo de este libro referencial, había estado dirigiendo un taller justo antes de ponerse al frente de un pequeño conjunto de cuerdas, con Marcio Mattos al chelo, Thomas Rohrer al violín brasileño, Guillermo Torres a la trompeta de bolsillo, Terry Day dejando la percusión y cogiendo las flautas y el saxo soprano de ella misma, quinteto que se vio respaldado por la acción de dos bailarines (Rosa Aledo y Alexei Issacovitch) y una voz (Gádor Soriano), elementos que han tenido una presencia relevante en estas sesiones. El argumento desarrolla la dialéctica del acto creativo con puntos de concentración orgánica y desvanecimientos instrumentales que convivían con el medio sonoro natural (el juego tímbrico se acerca a la respiración en el paisaje) y la corporeidad gestual de la danza. El elemento lúdico participa también en una organización del sonido en forma de texturas sin base rítmica alguna, desligando así el patrón tiempo.

“Unos vienen y otros se van, queda el recuerdo”, dice la narradora al terminar haciéndose un hueco en el vacío instrumental. Si las palabras cobran su protagonismo en la expresión colectiva, el entorno resonante también. Más especial fue si cabe el final de laconduction (por momentos figurativa y con pulsión jazzística) de Terry Day, con la que se clausuró el festival. Justo cuando los focos de atención se dispersan y parecen desvanecerse, las campanas de la iglesia de al lado sentenciaban el imprevisible final. No sabemos cómo se consiguió tal sincronía, concentrados como estábamos en el movimiento continuo de la acción sonora, pero esa poética del instante se materializó con Terry Day y la banda de músicos que han estado orbitando por el FIL estos días. Un regalo que invita a la siguiente entrega de este necesario y excepcional encuentro, que cuenta con una dirección y un espacio, la Invisible, dignos de elogio tanto por su tarea como por su apuesta.
(*) MIC, MEC, SME, AIM o las holandesas ICP, WBK, MAE.
Texto: Jesús Gonzalo
Fotos: Omkala Producciones
© Cuadernos de Jazz, septiembre de 2011